Sangre como la mía

 

Sangre como la mía
Sangre como la mía

 

Escrito por Mónica A Ríos

Septiembre 20, 2006

Un autor argentino –que cae por azar en esta nota– en el prólogo a un libro suyo avisa sobre la posibilidad de escribir novelas históricas: están de moda, dice. La singular mezcla de historia y ficción que se da en ellas, donde los personajes imbuidos en sus andanzas cotidianas muestran con sus narraciones particulares el halo de una historia colectiva, heroica y grandilocuente, podría revelar algo sobre la novela Sangre como la mía de Jorge Marchant Lazcano. Tres voces masculinas narran su vida en torno a la figura patriarcal de Arturo Juliani, un exitoso empresario que pareciera haber salido de una de las películas que se ven en las salas de cine que maneja. Un patriarca singular, si se considera que la sociedad chilena que transita desde la década del cincuenta hasta el final de ese mismo siglo es machista y conservadora: como herencia a las próximas generaciones que lo narran, Juliani les entrega la homosexualidad. Ese halo silencioso que lo envuelve desorbita las voces de los jóvenes de los años cincuenta y precipita a su nieto al abismo que se abre con el advenimiento del SIDA.

Es una sangre heredada –se cuenta la historia de una familia–, sangre revelada –ocurre en torno al develamiento de la homosexualidad en la sociedad chilena– y sangre infectada como manifestación de una condición errada y errante, que nos recuerda la invención del término homosexual, su tratamiento como una enfermedad a fines del siglo XIX y su contraparte de finales del siglo XX, cuando el SIDA le dio otro sentido a la liberación recorrida por los jóvenes felices (gays, en inglés). Sangre como la mía cuenta los dribleos de las relaciones sanguíneas de algunas familias chilenas cruzadas por la homosexualidad, la muerte, los silencios, las frustraciones.

En un segundo plano, el tono melancólico de la novela de Marchant nos revela otra intención: hablar de una sociedad que se sostiene sobre vigas de cartón que difícilmente soportan el peso de los hechos empíricos. El provincianismo, los trabajos mediocres, el arribismo, los amores despojados de pasión suceden en analogía y contrapunto a las películas de la llamada edad de oro de Hollywood, cuyos argumentos pasan a formar parte del lente que mira, sopesa y juzga las vidas carentes de momentos de película. Ese reconocimiento crudo de la distancia que existe entre los terrenos culturales de la metrópolis y los de la provincia, donde Nueva York ocupa el terreno utópico por excelencia, se expande hacia el espacio mayor de la representación en esta novela. Si bien la hegemonía de los Estados Unidos pareciera haberse desarrollado en la década del cincuenta con una inocencia propia del letargo hipnótico que entregaba el cine, Sangre como la mía describe el proceso mediante el cual ciertos individuos se despojan de las anteojeras colocadas precisamente por la industria del cine. La ilusión de Hollywood caerá por su propio peso por las tragedias protagonizadas por James Dean, Montgomery Clift y Marilyn Monroe; asimismo, los avatares del SIDA y las arremetidas del terrorismo a principios del siglo XXI se transforman en el eco de vidas particulares que están estupefactas ante el fin de una mala mentira. En este punto se hace lamentable en la novela la alusión al manoseado hito de las torres gemelas, que no puede más que volver esta reflexión sobre la influencia de los medios y de la propaganda gringa en cualquier explicación relativa al devenir histórico. En Sangre como la mía cualquier ideal comienza y termina –al fragor de la época– en una Nueva York en liquidación de gran tienda, en el último día de las grandes oportunidades: en la explosión final y en el entierro de un hombre joven atacado por el SIDA se escuchan los coletazos políticos de la era global.

 

MARCHANT LAZCANO, JORGE. Sangre como la mía. Editorial ALFAGUARA. 2006


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