Luis Cernuda y Serafín Fernández Ferro

Los placeres

 Texto: Santiago Romero

2007

Lorca presentó a Ferro a Cernuda con una nota en la que se lo recomendaba y en la que señalaba que lo había conocido tras “luchar con tres plumas”. El poeta sevillano perdería la cabeza por el coruñés

Luis Cernuda y Serafín Fierro
Luis Cernuda y Serafín Fierro

Luis Cernuda y el actor coruñés Serafín Ferro en 1932, cuando eran amantes. / Archivo residencia de estudiantes.

 

Ocurrió en un encuentro sobre la cultura en el exilio, en los primeros años de la Transición democrática. En las instalaciones de O Castro se proyectaba la legendaria película L’espoir (1939) de André Malraux, aún hoy tenida como emblema del cine antifascista, y entre el público se encontraba el escritor llegado del exilio Eduardo Blanco Amor —homosexual y editor de los célebres Seis poemas gallegos de Lorca (1935)— cuando la fulgurante aparición en la pantalla del actor coruñés Serafín Ferro (uno de los protagonistas de la película) hizo que al escritor ourensano se le escapase un involuntario suspiro — “Ay, Serafín, Serafín..”— que nadie dejó de escuchar en la sala. El suspiro de Blanco Amor —que fue en algún lance celoso rival del triángulo amoroso existente ente Ferro, Lorca y Cernuda en los primeros años 30 y que denostó por escrito al actor coruñés como un “golfantillo intelectualizado”— revela mejor que ningún testimonio que Serafín (la S serpentina que acompañaba las primeras ediciones de Donde habite el olvido, la obra cumbre de Cernuda) era el objeto de deseo de la generación del 27. Lorca, Cernuda, Aleixandre, Dalí. Es imposible teclear su nombre en internet sin que asome el nombre del actor coruñés, omnipresente en todos los estudios sobre la Generación del 27.

Los años veinte —tras el auto de fe de Oscar Wilde en 1895— verán la primera aparición pública de la homosexualidad sin complejo de culpa en pequeños círculos intelectuales artísticos y hasta con cierto ribete de moda elegante. Los poetas Luis Cernuda y Federico García Lorca fueron unos clarísimos hijos suyos. Al contrario que su amigo Vicente Aleixandre, que ocultó su condición homosexual y escribió casi toda su poesía amorosa en femenino.

Esa actitud —según el escritor Luis Antonio de Villena— es por vez primera evidente en el Cernuda que escribe en Madrid —durante el inicio auroral de la II República— el libro que significativamente se titulará Los placeres prohibidos. Creo en la vida/ creo en ti que no conozco aún/ Creo en mí mismo/ Porque algún día yo seré todas las cosas que amo: El aire, el agua, las plantas, el adolescente. Desde el surrealismo, —se podría pensar en Dalí— los placeres prohibidos en la sociedad burguesa serían todos; desde la óptica de Cernuda, esos placeres, más específicamente, son los que —según el verso de lord Alfred Douglas— constituían “el amor que no se atreve a decir su nombre”.

“Cernuda nunca se jactó de ser homosexual, pero tampoco lo escondió a partir de 1930. A Luis Cernuda le gustaron los muchachos y los hombres jóvenes. En el sentido helenístico del término, Cernuda fue probablemente un pederasta, un pedófilo. Palabra hoy no sé si voluntariamente ensuciada con la connotación —históricamente irreal— de amante de los niños y aún más allá: degenerado, violador o asesino de criaturas, jovencitas especialmente. Nada de eso está en la original voz griega. De otro lado, ese amor a los muchachos que empieza en la adolescencia, puede adentrarse ampliamente —y ocurre con frecuencia— en la veintena. El coruñés Serafín Ferro —uno los grandes y malacabados amores de Cernuda, el que dio origen, al concluirse, el libro de 1934 Donde habite el olvido— debía de tener, según quienes le conocieron cuando estaba con Luis, 21 o 22”, añade Luis Antonio de Villena.

El investigador Francisco Chica ofrece la versión más documentada de la tormentosa relación entre Cernuda y el coruñés.

“Fue muy posiblemente en marzo de 1931 cuando Cernuda conoció a Serafín Ferro, su amante a lo largo de más de un año. La aventura amorosa se correspondería con las fechas exactas en las que el poeta sevillano redacta los poemas de Los placeres prohibidos, libro esencial en el que culmina la vertiente surrealista del autor. El hecho explicaría si no el contenido total de la obra, sí la omnipresencia que adquiere el cuerpo en los poemas y el obsesivo ritual erótico al que obedecen muchos de ellos. ¿Quién es el protagonista de esta obra? Por lo que sabemos de él, Ferro había nacido en el seno de una familia obrera de La Coruña alrededor de 1912 o quizás algo más tarde. Fue Lorca quien lo conoció en Madrid en una de sus salidas nocturnas. El muchacho, ‘de gracioso gesto y voz dulce’, —en palabras de Lorca— no era entonces sino un vagabundo que solicita su ayuda y que acaba conmoviendo a Cernuda con el relato de sus andanzas. Presentado por Lorca a Aleixandre y Cernuda, será este último quien se convierta en su más directo protector y quien idealice hasta grados extremos la figura de quien —un mantenido al fin al cabo —acabaría sumiéndolo en la que quizás deba ser considerada como la más absorbente y atormentada historia amorosa de su vida”, señala Chica.

El retrato de Serafín es también ofrecido por alguien muy cercano a Lorca y Cernuda, el diplomático de la embajada chilena Morla Lynch, cuya casa madrileña sirve también de    escenario a los encuentros de Lorca, Cernuda y Ferro.

“Pienso nuevamente, mientras lo observo —escribe Lynch en sus diarios— en la bonanza que significa en este mundo poseer lo que yo llamo una fisonomía favorable. El chico la tiene en grado sumo, chispeante, simpática y agraciada. Pequeño de estatura, pero proporcionado, de cabellera ondulada y de tez ligeramente broncínea, tiene esa expresión, entre risueña y dolorida, propia de los adolescentes que acaban de atravesar por una infancia triste. No es un muchacho todavía, pero ya es algo más que un chiquillo: un Juan Bautista de la época en que Jesús era niño… Me conmueve en él esa tristeza indefinida que contrasta con su extremada juventud”.

Lorca, cuya presencia se adivina detrás de estas palabras, insiste también en este tipo de rasgos al hablar de la “sonrisa leonardesca” de Serafín Ferro. Atrapados entre las redes de una pasión irresoluble, la relación parece ya totalmente desmoronada en la primavera de 1932, fecha en la que Cernuda comienza a escribir Donde habite el olvido, que nos asoma a la angustiosa situación que vive tras la separación.

Cuando en 1934 la editorial Signo publica la obra, pocos fueron los que advirtieron el verdadero significado de la S en forma de serpiente que aparecía en su contraportada, último homenaje del autor a quien había sido el verdadero protagonista de sus versos. El detalle vuelve a repetirse (con la letra capital en rojo y siguiendo un estilizado diseño de Ramón Gaya) en 1936 cuando el libro queda integrado en La realidad y el deseo. La referencia a Ferro está confirmada por el propio Aleixandre: “Donde habite el olvido fue el fruto poético de su relación amorosa con un chico llamado Serafín, un chulito de barrio que le hizo sufrir mucho, pues el pobre Luis se enamoró perdidamente y el tal Serafín le hacía poco caso, salvo para pedirle dinero.”

Otro estudioso, Miguel Longo, detalla en un artículo —Tralas pegadas de Serafín Ferro, publicado en el volumen Sesenta años después. Os escritores do exilio republicano, Ediciós do Castro, 1999— los pormenores del encuentro entre Lorca, Cernuda y Ferro. El coruñés abordó al poeta granadino en el café El Universal y le pidió que lo invitara a      comer.

Federico se interesó por él y lo llevó a casa de Aleixandre, muy frecuentada según Gibson —que por cierto hace ferrolano a Ferro— por los escritores homosexuales que residían en Madrid y le dio varias cartas de presentación, una de ellas para Altolaguirre y otra para Cernuda. Pensaba que Serafín sería el compañero ideal de Cernuda… “si no lo idealiza demasiado”, revela Longo.

La carta de presentación era ésta: “Querido Luis: tengo el gusto de presentarte a Serafín Fernández Ferro (he estado luchando con tres plumas). Espero lo atenderás en su petición. Un abrazo de Federico”.

“Por lo que parece —señala Longo— la lucha con las tres plumas produjo su efecto. Luis Cernuda no tardó en dedicarle —A Serafín F. Ferro— el poema Como leve sonido, compuesto en abril de 1931 y publicado en la revista madrileña Héroe. En un poema inédito, Deseo, en borrador autógrafo, en el dorso de la hoja hay una breve nota de Serafín, sin duda el destinatario.”

La relación con Lorca, Cernuda y Aleixandre le abrió al adolescente coruñés las puertas de las exclusivas tertulias celebradas en casa del diplomático chileno Morla Lynch, a la que acudían artistas, escritores y músicos de fama internacional.

 

Lorca, Cernuda y Aleixandre

Los tres grandes poetas del 27: Lorca, Cernuda y Aleixandre. Los tres homosexuales y relacionados con el coruñés Serafín Ferro.

     La memoria que permanece de Ferro —escasa— está casi exclusivamente centrada en su relación con los grandes nombres del 27. Sin embargo, Ferro brilló con luz propia. Nacido en el popular barrio de Monelos y vinculado a la CNT, era un autodidacta pero estaba lejos de ser el lector de un solo libro —Cantos de Maldoror, de Lautréamont— que describió con hostilidad Blanco Amor. Sin duda sacó partido de las élites que rondaban el entorno cosmopolita de Lorca y Cernuda —Manuel Altolaguirre lo empleó en su imprenta— pero en los archivos coruñeses puede rastrearse su huella en el intento de elaborar un teatro de altura. Ferro dirigirá un prometedor y pionero grupo Keltya, alabado por Antón Villar Ponte, que representa a Yeats y Álvaro María de las Casas.

“Dentro de poucos días, farase a consagrazón, nun teatro da Coruña deste novo grupo artístico”, escribe Leandro Carré. Era julio de 1936 y la esperada actuación jamás tendrá lugar. El nombre de Serafín Ferro aparecerá por error en una lista de los primeros paseados en la ciudad coruñesa. Ferro se alista en la Legión y durante el sitio de Madrid se pasa en la Casa de Campo al bando republicano. La contienda le lleva como teniente a Barcelona, donde escribirá en Nova Galiza —boletín quincenal de los escritores gallegos antifascistas— y en la legendaria revista Hora de España.

Su momento de gloria llegará en 1939, cuando André Malraux le selecciona para el reparto de actores de la película L’espoir —Sierra de Teruel, en la que también aparece otro actor coruñés: Andrés Mejuto—, el gran filme clásico del cine antifascista.

Serafin Ferro

Ferro se exiliará en México y aunque allí coincide con todo el equipo de L’espoir —que será la columna base del futuro e interesante cine mexicano, recordemos a Buñuel— su nombre se pierde en el olvido. Octavio Paz habla descorazonadamente de él al ferrolano Guerra da Cal en un encuentro en Nueva York: “Nostalgias de la Galicia infinita. Demasiado tequila. Noches de puro tomar y broncos amaneceres”.

Murió solo, fracasado y alcoholizado hace ahora 50 años. Guerra da Cal le escribió el epitafio: “Nació para oscuro malabarista de la vida y desempeñó con valor e ironía el papel de esa aventura acrobática”.

 

Publicado en:

http://www.laopinioncoruna.es


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