Esclavos sodomitas

477. Esclavos sodomitas

La doble demonización: “el negro sodomita”

En algunas etnias africanas la homoeroticidad era tan común y aceptada como las relaciones heterosexuales; en otras era levemente penalizado, mientras que en unas cuantas fue reprimido y condenado severamente. Luiz Mott hace un recuento de los hábitos sexuales de los africanos en su trabajo. Basa su análisis en las alternativas eróticas de los africanos y sus descendientes en el Brasil esclavista. En consecuencia, era muy posible que los africanos continuaran con sus inclinaciones sexuales en el Nuevo Mundo; esto, catalizado por la poca presencia de mujeres entre ellos. Datos demográficos demuestran que llegaban siete hombres por cada mujer a Cartagena, lo cual creaba una situación particular entre los negros en el contexto de la esclavitud. Las difíciles condiciones del viaje, en el que separaban a hombres de mujeres, se manifestaban en el hacinamiento. Esto propiciaba contacto, roces, cruces de miradas y expresión de deseos que configuraban el universo del homoerotismo. En el Brasil, ciertos reos aseguraron haber sido acariciados por hombres por primera vez en el cruce del Atlántico y haber cedido ante la tentación al no tener otra manera de liberar los impulsos.

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Las Relaciones de Causa de Fe que narran las juntas de brujería dan cuenta del homoerotismo. Los reos ofrecen testimonios durante los interrogatorios. Estos quedan registrados gracias a la pluma del escribano. El ritual de brujería puede ser o no de iniciación: después de haber renegado de la religión católica ante el demonio en persona, el iniciado y los demás brujos hacen un baile de origen africano y, finalmente, “el diablo” conoce carnalmente al iniciado y, en ocasiones, también a los demás brujos y brujas. Esta relación sexual podía hacerse por el vaso natural, pero más frecuentemente ocurría por el vaso trasero.

No se puede negar la capacidad de fomentar el miedo por parte de la Inquisición. Ante la amenaza de tortura, o la tortura misma, los reos finalmente dicen lo que los Inquisidores quieren escuchar. Pero, ¿si ya se ha confesado haber renegado de la religión católica, por qué era necesario inventar el pecado nefando?

Era posible que el demonio fuera el único compañero sodomítico del reo o la rea, aunque también él podía dar un compañero al iniciado. Así, en el expediente inquisitorial de María Linda, mulata que confesó haber asistido a las juntas de brujería, quedó registrado: “… el demonio con ellos, a esta y a los demás los conoció carnalmente por el vaso trasero”.

En esta y otras ocasiones es un demonio que tiene relaciones sexuales con todos los miembros de la junta, comenzando con el iniciado. La relación sexual formaría parte del ritual de reconocimiento dentro del de brujería: el paso de afuera hacia adentro para el nuevo integrante del grupo se da mediante el contacto carnal con la persona aglutinadora de ciertas huellas de africanía, denominado por el escenario inquisidor como “diablo”. Sin duda, la sodomía en este ámbito se refiere a un acto de resistencia por parte de los afrogranadinos, pero también contiene grandes dosis de tradiciones de socialización no occidentales. La experiencia de Diego López confirma lo dicho: “… le había dado Lucifer por compañero a un diablo que estaba en figura de hombre enano y se llamaba Tararira…”.

La figura del compañero sexual enviado como representante del demonio aparece entonces encarnado en la figura del servidor de Satanás, con quien se comete el pecado nefando. La demonización de los negros se fundamenta en la concepción cristiana del mal, derivada de la historia bíblica de Cam. Este, de tez oscura, al ver a su padre Noé desnudo, es encarnación voluntaria del mal que merece un castigo. En efecto, Noé pone sobre Cam la maldición de ser esclavo de sus hermanos (Génesis 9:25). Desde esta historia, se legitiman a la vez la culpa de haber sido pecador y la esclavitud negra vista como el castigo merecido. La idea de que el “compañero” sexual aparezca como un demonio “monstrificado” ayudaba tal vez a menguar la culpa del reo y, por otra parte, a mortificar al español con la idea de la existencia de demonios y monstruos. En muchos casos, estas figuras habían sido creadas por los mismos españoles, lo que resulta del todo fascinante. Pablillo, el diablo de Anton Carabalí, se presentó por primera vez ante él “… la mitad del cuerpo en figura de persona y del medio abajo en la de gato”.

El gato, figura mítica del mal, aparece en el imaginario español y no en el africano. El siglo XVII albergó el imaginario del barroco que, adicionado al miedo promulgado por Trento, desembocó en la aparición de monstruos, seres mitad humano mitad animal, personas que cambian de sexo de un momento a otro. Las descripciones de los etíopes hechas por los viajeros al Africa muestran personas con estas características. El negro esclavo en la Nueva Granada fue heredero de su monstrificación. De este modo, el esclavo hace uso de las imágenes de miedo que ha recibido en el Nuevo Mundo, dándole al inquisidor un poco de su propia medicina. El miedo que transmite el inquisidor se devuelve en la figura del “negro-monstruo-sodomita”. ¿Qué puede existir de más aterrorizante?

 

Publicado en Historia Crítica

http://historiacritica.uniandes.edu.co/view.php/416/index.php?id=416


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