Solos contra el mundo (The Bubble)

401. Solos Contra el Mundo

Por Armando Vega Gil

Solos contra el mundo

Israel, 2006.

Dirección: Eytan Fox.

Con Ohad Knoller, Yousef Joe Sweid y Daniela Virtzer

El amor no es suficiente, debería serlo pero no lo es.

El amor debería detener guerras y masacres estúpidas.

El amor debería aliviar el rencor que pudre el alma de los hombres abandonados y de las mujeres solas y de las masas que siempre estarán ciegas de tanto no poder mirarse a sí mismas.

El amor debería detener de un golpe y para siempre los odios ancestrales de los pueblos del hombre, pero no, no lo logra. Es tan frágil, tan endeble y pende de tantos hilos que siempre están a punto de romperse, que el propio amor puede herirse a sí mismo como la saeta de un escorpión. El amor tiende andamiajes de batallas, celos, miedos, silencios y sobrentendidos sin orden ni lógica que confunden y desorientan a los viajeros, a esos dos que se aman por encima de las estructuras movedizas de las pasiones y la locura —aunque el amor sea una locura en sí—, que vuelan por sobre los dolores y monstruosidades de la humanidad.

El amor de esos dos podría mantenerlos en una burbuja ingrávida que los elevara por encima del mundo y sus modos brutales, sí, pero esos modos nunca dejan de mirar hacia el cielo desde esos suelos donde se nutren de rencor y enfermedad, y lo miran no para llegar a él, sino para derribar con los proyectiles de la intolerancia y la envidia las burbujas de jabón que son amores prohibidos, proscritos.

El mundo del odio no puede permitir que se transgredan sus leyes, porque las leyes no son reglas ni convenios para garantizar la convivencia y la libertad de los individuos, sino grilletes decretados por ancestros muertos bien muertos y agusanados para tener al amor encerrado en los límites de su moral férrea y carcomida.

Cuando un amor va a contracorriente, el rencor y las guerras estúpidas y el odio contra los que nada puede, a los que no puede aliviar ni convencer, se vuelven contra él y lo persiguen y lo envenenan, y esos venenos pueden volver enemigos irreconciliables a los amorosos (como los llamara el poeta mayor).

En Solos contra el mundo, Noam, un joven judío, y Ashram, un joven palestino cuyo hogar está aprisionado en la Franja de Gaza, se han encontrado en Tel Aviv para vivir un romance cuyas raíces poderosas llegan hasta las profundidades de la infancia de ambos, en el mundo de los padres golpeados por los látigos de la intolerancia, y cuyas frondas se alzaban hacia el sol ardiente de la ciudad hebrea —hermosa como un capullo que se abre en las madrugadas frescas y deshabitadas— hasta que un hacha de xenofobia, desconcierto y luto desatada por los fantasmas de un atentado terrorista cortó el árbol de la vida de un tajo violento y ciego.

Noam y sus amigos Lulu y Yali viven en una burbuja que mantienen aislada del mundo pegajoso de la política, aunque en realidad su postura es absolutamente política, activista y militante: son parte de las nuevas generaciones que están en contra de la ocupación y el cerco ejercido contra los palestinos de la Franja de Gaza, una oleada de jóvenes, valientes y soñadores, que se niegan a enlistarse en las tropas israelíes que oprimen a sus vecinos árabes y esto los vuelve apestados, señalados como traidores cuando en realidad son los nuevos héroes bíblicos que lo que quieren es detener la sangría inútil que trae como factura los atentados suicidas en las calles de su Tel Aviv que victiman, como siempre, ¡carajo, como siempre!, en lugar de a los poderosos que cocinan las guerras, a la gente común, a la gente que busca vivir en paz para, en medio de su desolación, buscar el amor.

Noam y el proscrito Ashram son los modernos Romeo y Julieta que, como un par de prisioneros en los campos de exterminio de Buchenbald, tienen que hacer el amor sin tocarse, decirse “te amo” rozando a lo lejos, con la punta de los dedos, sus cejas machacadas.

Pero como en la tragedia misma de Romeo y Julieta, un gran amor vence cualquier obstáculo, incluida la muerte, el hebreo y el árabe podrán estar juntos cuando sus cadáveres sirvan de abono a las nuevas generaciones que enfrenten con la paz con la guerra en una calle bombardeada de Tel Aviv.

El amor debiera ser suficiente y, quizá, en algún futuro remoto, lo sea. El amor deberá ser suficiente.

Publicado en Permanencia Involuntaria      http://www.m-x.com.mx


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