El arte de Gonzalo Orquín

Nació en Sevilla en 1982. Desde 2004 vive y trabaja en Roma.

 

Gonzalo Orquín entre el drama y el deseo

Por Alessandro Riva

El verdadero núcleo de la poética de Gonzalo Orquín parece recrearse en un misterioso lugar mental, aparentemente inexistente, fuertemente ideal, de extraña suspensión del tiempo -el lugar de la pintura por excelencia después de todo-, sin embargo es extrañamente real, cotidiano; un lugar que existe no se sabe dónde, aquí y ahora, hic et nunc, donde se mezcla vida cotidiana y sentido teatral, intimismo y memoria, ilusionismo y sentido trágico, referencias a la pintura clásica ( básicamente una: su gran amor por la pintura de Velázquez), citas del imaginario cinematógrafo contemporáneo, vida sólo imaginada, miedo y éxtasis, alegría pura y en el fondo un dolor vago, nunca esclarecido del todo, que nos pilla de improviso, nos aprieta la garganta y no sabemos por qué.

La pintura de Gonzalo Orquín nos habla de intimidad y agitación, de extrañas escenas que parece conocemos al dedillo, hemos visto y vivido, quizás en sueños o en una mañana de domingo de hace mucho tiempo con alguien que amamos o hemos amado a nuestro lado, que duerme todavía o tal vez se encuentra en ese estado misterioso entre el sueño y la vigilia; nos habla de esa sensación de sosegada ebriedad, de alegría sutil veteada de un extraño sentido de inquietud, también de dolor. Esta pintura es vivida como en una extraña suspensión del tiempo, como una sensación que nos atenaza cuando estamos solos, dramáticamente solos con nosotros mismos y sin embargo felices de estarlo: son instantáneas de aquellos “momentos de absoluta beatitud” (Dostoievsky, Las noches blancas) en los que por alguna extraña alquimia, no ya somos. Reproduce nuestra vida, nuestros gestos, la luz irreal que se filtra a través de una ventana abierta, nuestro propio cuerpo aparece suspendido en un segundo de puro teatro, en un flash back cinematográfico. Es ese el instante mágico en que nos sentimos fatalmente arrancados de la banalidad de las cosas cotidianas, con sus aburrimientos, molestias, cometidos, encargos siempre aplazados, recibos y alquileres caducados, para acceder a una dimensión diferente, la de la pintura, más ligera, aérea, trágica y dulce al mismo tiempo, aunque también lo sea la del gran cine, la literatura y el teatro.

La tradición a la que mira Gonzalo Orquín es la del realismo español de los siglos XIX y XX, indiscutible pero también la de los siglos XVII y principios del XVIII, con su sentido de lo trágico, del éxtasis, de la teatralidad y del disfraz, con sus escenas de la vida diaria, los retratos de una época, las moradas, los trajes, los oropeles e inesperadamente el surgir de un drama, el dolor, el delirio, el tormento verdadero o imaginado, pintado o teatralizado. Recrea la tradición del realismo del Novecento, con absoluta fidelidad a la sencillez de las pequeñas cosas –un sofá-cama, un suelo de baldosas de colores, el quicio agrietado de una ventana, la tapicería vistosa de un sillón, en suma los elementos que nos circundan cada día y a los que frecuentemente ya no hacemos caso – que se convierten en los accesorios sólo aparentemente banales de una gran composición total; un gran puzzle formado por cuadros, dibujos, bosquejos, suma del universo mental del artista que se entrevé detrás de cada cuadro como una filigrana.

Los elementos que sirven de fondo a la dimensión mitológica de nuestra vida, son convidados de piedra de una comedia que amenaza siempre con volverse drama; en un rincón de una habitación perfectamente iluminada por una luz cortante y teatral que solo se encuentra en los platós de los grandes directores y en algún instante de metafísica realidad doméstica. Los gestos, los movimientos y los diálogos mudos de los protagonistas de esta comedie humaine pictórica y teatral poseen, de hecho, una fuerza extraordinariamente metafórica; aparecen como símbolos de inquietud, de palabras no pronunciadas, de sentimientos reprimidos, de pensamientos y emociones enganchadas en la dimensión vacilante del inconsciente o de la memoria.

El dedo apuntando sobre el pecho de un muchacho anónimo, justamente a la altura del corazón, nos recuerda gestos de pintura sacra –in primis la iconografía del Sagrado Corazón de Jesús- aunque también la torsión moldeable de un joven y contemporáneo Ícaro –retorcimiento enteramente manierista o barroco- suscita la venida a la mente de las contorsiones del cuerpo de Cristo (éxtasis y dolor precisamente) en las Deposiciones renacentistas y barrocas, así como el cuerpo abandonado del muchacho en cualquier escena de pareja, après l’amour, en un pequeño interior burgués de un anónimo apartamento de hoy día.

También recuerda los muy atormentados y abandonados cuerpos de los mártires cristianos dentro de la iconografía religiosa, o la de Cristo en la Piedad. Es por ello que el terreno sobre el que se mueve la pintura de Gonzalo Orquín es aquél, bastante resbaladizo pero fascinante, de la poesía de lo cotidiano, donde se mezcla la nostalgia –un paisaje, una suposición de árboles en la lejanía, un escorzo de tejados de Roma o aún la oscura silueta de alguien que duerme en la penumbra de una tarde de principios de primavera-, con el retorno incesante y continuo a nuestra memoria histórica, religiosa, filosófica, de la vuelta a aquella confluencia de memorias y sugestiones que conforman nuestra cultura más profunda y ancestral sobre la que hemos crecido, de la que nos hemos empapado, en la que se mezcla nostalgia y belleza, éxtasis y dolor, placer y culpa, drama y deseo.

 

Publicado en      http://www.gonzalo-orquin.com


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