Las Yeguas del Apocalipsis – Chile

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      Pedro Lemebel estudió en un liceo industrial donde se enseñaba forja de metal y mueblería y, después, en la Universidad de Chile, donde se tituló de profesor de Artes Plásticas. Trabajó en dos liceos, de los cuales fue despedido en 1983 “presumiblemente por su apariencia, ya que no hacía mucho esfuerzo por disimular su homosexualidad”.

En sus libros aborda fundamentalmente la marginalidad chilena con algunas referencias autobiográficas. Su estilo irreverente, barroco y kitsch lo ha hecho conocido en toda hispanoamérica. Gay declarado, explica el cambio de su nombre así: “El Lemebel es un gesto de alianza con lo femenino, inscribir un apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti”.

En los años 1980 fundó, junto a Francisco Casas, el dúo de arte Yeguas del Apocalipsis (1987). Ambos escritores, convertidos en actores de su propio texto, generaron desde la realidad homosexual una interrupción de los discursos institucionales en la época de la dictadura.

Su trabajo en el dúo cruzó la performance, el travestismo, la fotografía, el video y la instalación. Pero también los reclamos de la memoria, los derechos humanos y la sexualidad, así como la demanda de un lugar en el diálogo por la democracia. “Quizás esa primera experimentación con la plástica, la acción de arte… fue decisiva en la mudanza del cuento a la crónica. Es posible que esa exposición corporal en un marco religioso fuera evaporando la receta genérica del cuento… el intemporal cuento se hizo urgencia crónica…”, explica Lemebel.

Entre 1987 y 1995, las Yeguas del Apocalipsis realizaron alrededor de ochocientos eventos públicos.

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Notas sobre Las Yeguas del Apocalipsis

Por Fernanda Carvajal

En 1988, Francisco Casas y Pedro Lemebel se montaron sin ropa sobre una yegua. A lento galope, entraron a la Universidad de Chile para refundarla. Buscaban reiterar el gesto fundacional de Pedro de Valdivia cuando irrumpió en Santiago  y la decretó capital del Reyno de Chile, trocando el ademán poderoso y viril del conquistador en armas, por la vulnerabilidad de la desnudez. Los dos cuerpos acoplados, escenificaban la montura en el sentido sexual y militar del término haciendo ingresar desobedientemente el deseo homosexual al espacio universitario doblemente disciplinado: regido por la dicotomía razón/sensibilidad omitiendo el cuerpo y el deseo en sus dominios, a la vez que intervenido y vigilado por el régimen militar.

Con esta acción las Yeguas del Apocalipsis entraban a escena por primera vez. Es difícil hacer calzar bajo una sola categoría el trabajo que desarrolló este dúo, escurridizo a las etiquetas que les han atribuido tanto el discurso artístico y la crítica cultural, como el movimiento homosexual, con el cual tuvieron una relación continuada pero en tensión.

Las Yeguas del Apocalipsis inscribieron en el espacio público una corporalidad anfibia y una praxis que contribuyó a abrir un espacio de inteligibilidad para la diversidad sexual. Sería un contrasentido acotar el trabajo del dúo a un género artístico, pues sus intervenciones atravesaban desde el testimonio político hasta performances paródicas del travestismo prostibular.

Su activismo político tampoco es legible en términos partidarios, ni en los códigos tradicionales de la protesta o el panfleto clásicamente militante. Uno de los primeros abordajes del trabajo del dúo proponía la categoría de travestismo latinoamericano.

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 Por Carolina Robino

Las Yeguas del Apocalipsis relincharon por primera vez en una cuneta, con una caja de vino en la mano y su contenido en el cuerpo. Sentadas en la marginalidad, despotricaban por la ausencia en Chile de un movimiento emancipatorio de la homosexualidad. Arte desde el límite, desde el “borde con encaje”.

Estas dos yeguas homosexuales, Pedro Lemebel y Pancho Casas, son narrador y poeta respectivamente. Pancho esta por lanzar su libro Sodoma Mía, que publica gracias a sus méritos y a la editorial de mujeres Cuarto Propio.

La historia de ellos o ellas, como se llaman indistintamente, es larga y aun no termina. Fue un buen día de 1987 cuando las Yeguas galoparon hacia la calle, interviniendo los espacios políticos, los públicos. Ya lo habían decidido: sus apariciones tendrían forma de performance, su soporte plástic0 sería el cuerpo. Como lugar para la ópera prima eligieron la Feria del Libro del Parque Forestal, a la que llegaron vestidos de bandera chilena, arrastrando un vel0 negro, de luto.

Hub0 escandalo y hub0 aplausos. Pocos podían creer que ante sus ojos caminaran dos hombres “travestidos de travestis” que desde ese momento se lucirían con sus lycras de Franklin, que desafiarían a duelo con una mirada oblicua causando placeres y arcadas, que se identificaban con el lumpen, “con el ultimo desecho de una sociedad de consumo, en el que se recicla toda la información del glamour de la diva hollywoodense”.

En complicidad con la mujer pobre, con la bataclana, con la violada, Pedro y Pancho, o Pedrita y Panchita, fueron dejando atrás sus ordinarios nombres para transformarse en las rutilantes Yeguas del Apocalipsis, “como un titulo de película de Hollywood, quemada”.

Ojo que no son gays, no esconden su condición en cadenas y cueros, no sacan músculos. Son de la homosexualidad loca, de la que se extingue, son las “últimas viejas locas al sur del mundo”. Pasan más por el delirio que por lo sexual, dicen que son imbunches, que se cosieron, mezclan realidad y fantasía para “no dar más explicaciones, porque estamos hartos de hacerlo”. Para protegerse quieren declarar la calle San Camilo -último baluarte de los travestis-, Parque Nacional. Las reglas están listas. La más importante: sólo se puede cazar un ejemplar, ojala viejo y con SIDA. Para que el crimen no sea tanto. Delirios.

Muchos creen que las Yeguas del Apocalipsis son pareja, pero esta crónica lo desmentirá con sus palabras:

     “¿Estás  loca, mijita?, antes que eso prefiero seguir solterona”.

Ojo, que de vez en cuando, cuando quieren decir algo, salen a la calle y sorprenden “con una parodia al simulacro social, al apestoso machismo”.

Todo para reivindicar el arte sexual, para exigir dignidad. Si les gritan, contestan, tiran la caballería de los que son menos.

¿La edad? No la confiesan. Las Yeguas son vanidosas. Se preparan para cada intervención cuidadosamente, vestuario, maquillaje. Aquí va algo de ellas.

*  Cierto mes de 1988 los alumnos de la Facultad de Arte de la Universidad de Chile, invitaron a las Yeguas del Apocalipsis a ver sus trabajos. Las recibieron hippies por montones y ellas se espantaron ante tal detención del tiempo. Refundar la Universidad de Chile en calidad de homosexuales, fue el objetivo de su intervención. Montaron desnudos en la yegua. Parecía. Y parecían una yegua de dos pisos, que entraba a Las Encinas, como Pedro de Valdivia entró en Santiago, per0 travestidas de vergüenza. Adentro, los aplausos fueron muchos, afuera el escandalo mayor. Un colegio secundario alcanzó a verlos. Mientras la directora cerraba la puerta tan rápido como sus manos se lo permitían, los alumnos se trepaban en murallas y rejas, mudos. Luego estallaron en aplausos secos.

*   El 12 de octubre de 1989, 12 del día, hall central de la Comisión de Derechos Humanos. Las Yeguas del Apocalipsis se vinculan a América. Tienen un mapa del continente; sobre él, botellas de Coca Cola trizadas. En el homenaje, las Yeguas piden justicia por los crímenes impunes de homosexuales, por los políticos también. En los walkman adheridos a su corazón comienza una cueca que sólo ellos escuchan.

Las Yeguas bailan sobre los vidrios, reescribiendo la historia con su sangre homosexual.

*   George Rousses, plástico, visitó Chile en 1989. El Instituto Chileno-Francés organiz6 Acciones Plásticas sobre el Espacio Urbano. Las Yeguas participaron en dos patas. La primera fue en el mismo Instituto de la calle Merced, tráfico de cultura. Allí expusieron la serie fotográfica de Mario Vivados, “Lo que el SIDA se llevó”, junto a las ropas que usaron para posar.

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Transformaron el lugar en un prostíbulo, que destacaba en vivo a un Pedro-San Sebastian, cuyo martirio eran jeringas que enferman. En San Camilo, tráfico de deseo, pasó lo inverso. Llevaron al jet cultural, hicieron de la calle un set cinematográfico y pintaron estrellas fosforescentes en el asfalto. Ellos también fosforescían con un cuerpo blanco, protegido con una armadura de lápiz. Dibujaron una estrella por cada travesti. Era la noche del cumpleaños de Pinochet. Cuando la acción estaba terminando, el FPMR produjo un apag6n. En Santiago oscuro sólo brillaban las estrellas de San Camilo. Las Yeguas tuvieron suerte.

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*  Pedro Lemebel vive cerca del hospital de San Miguel donde mataron a Viviana Lavados en febrero de este año. Mucho antes de que el crimen ocurriera, las Yeguas del Apocalipsis lo intervinieron. El material lo consiguieron en la misma calavera estancada como ellas le dicen al edificio: alambres de púas para un ring, los zapatos que miraban hacia el centro como espectadores desaparecidos. A las 10 de la noche, la Yegua Pedra se cubrió el cuerpo con ladrillos, se pegó uno al corazón. Todo lo lleno de neoprén, porque por allí hay muchos neopreneros. Se acostó sobre una cuerda; prendió fuego. Los ladrillos lo protegían mientras él se arrastraba por el cordón hasta salir del cerco. Todo se apagó, menos el ladrillo pegado al pecho.

*  En 1990, Nemesio Antúnez, organizó en Bellas Artes, el Museo Abierto. A las Yeguas les llegó una invitaci6n para la sección de Instalaciones y Performance. Un poco antes, Pedro y Pancho grabaron con Gloria Camiruaga un video de los travestis de San Camilo, que había sido exhibido y censurado por Antúnez. Pero no sólo eso. Un grupo de scouts que visitaba las artes lo vi0 y el guía pus0 el saludo de tres dedos en el cielo. Las Yeguas fueron expulsadas del democrático suceso. Igual que Pascual, decidieron hacer algo en la vereda. Antúnez les reclamó, dijeron que la calle les pertenecía, el director contestó que no frente al Museo, ellas contestaron que entonces lo tapara y después de dimes y diretes, las Yeguas actuaron en el día y la hora que señalaba el folleto del interior. Repitieron lo de San Camilo. Pintaron estrellas y llegaron vestidas a lo Dolores del Rio y Rita Hayworth. Llenaron cada astro de neoprén, estamparon su mano y quemaron para borrar la huella dactilar de las sobras de Hollywood.

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*  Las Yeguas se aproximaron al escenario y relincharon hasta subirse. Ana González corrió a perderse y ellas, ahora de coquet0 corset, desplegaron un lienzo gigante donde se leía: “Homosexuales por el cambio”. El público quedó atónito, incluida la primera ilustre fila que ocupaban Carlos Martínez Sotomayor, Enrique Silva Cimma, Patricio Aylwin, Nemesio Antúnez y Radomiro Tomic, entre otros. Las Yeguas no tenían cargo, sino aspiraciones. Después de un rato, vinieron los aplausos y las carcajadas. Las Yeguas también votan. Y besan. En ese acto, Pedro se acercó a Ricardo Lagos y lo besó. El PPD enmudeci6. Antes le había tocado al escritor colombiano, Gabriel García Márquez, quien sí pudo decir algo: ¡Uy!

*  En la última función del Normandie, el lunes pasado, dieron El barón de Munchaussen. Las Yeguas fueron dos del montón de personas que entró a la función. Per0 un poco antes del final fueron al baño. Regresaron con los créditos, vestidas de fucsia o con encajes negros, pintadas, tirando besos. Salieron y fueron furor. Les gritaban que eran las más lindas y ellas posaban y posaban. Lloraron: con lagrimas artificiales por el agua  que se va, “porque está bien que se termine el Normandie, basta de mausoleos vivientes, donde se junta el jet chileno para después tomar en un bar apestoso donde le escupen la comida a los homosexuales”. Las yeguas hicieron volar un lindo globo de colores, como el del Barón, que se fue igual que esa sala de cine arte.

Fotografías 2 a 5 de Mario Vivado


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