Los primeros 25 años del Movimiento Gay Mexicano

317. 25 aniversario del movimiento gay

Publicado por LETRA S

Junio 5, 2003

Por el derecho a todos los derechos

De la regocijada salida en masa del clóset a la introspectiva búsqueda de la identidad; de la inesperada crisis del sida a la reivindicación de la diversidad de identidades, el movimiento gay mexicano llega este año a sus primeros veinticinco años. En esos cinco lustros, lo gay ha logrado establecer su derecho a existir públicamente. Lo que sigue son sólo unos apuntes desprendidos de la lectura de algunos textos y de la propia memoria.

Alejandro Brito

1978-1984. Estamos en todas partes

En la noche del 2 de octubre de 1978, un nutrido contingente de hombres y mujeres homosexuales, formado sobre la marcha, hace su entrada a la mítica Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Es la gran manifestación por el décimo aniversario del movimiento estudiantil del 68. El anuncio de la participación multitudinaria de homosexuales causa asombro entre las decenas de miles, en su mayoría jóvenes, que colman la plaza, y que de inmediato demuestran con aplausos, gritos y silbidos su aprobación. La primera presencia masiva y pública de homosexuales y lesbianas había pasado la prueba. Tan sólo dos años después, en 1980, miles de entusiastas participantes llenarán la plancha del Hemiciclo a Juárez en la II Marcha del Orgullo Homosexual. Las banderas rosadas, púrpuras y moradas del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR), del grupo Lambda de liberación homosexual y de la organización de lesbianas OIKABETH, primeros grupos del movimiento gay organizado, llegarán a ondear incluso en el interior mismo de la Basílica de Guadalupe en la procesión de protesta por el asesinato del arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero.

Pero, ¿qué es lo que posibilita esta primera salida masiva del clóset y la formación de las primeras organizaciones lésbico-gay a finales de los años setenta? Se pueden enumerar varios factores de tipo social, cultural, económico o político, pero sin duda uno de los más definitivos es el afianzamiento de la tolerancia en asuntos de moral social, resultado, a su vez, del proceso de secularización de la vida social y cotidiana (pérdida de influencia de la religión en las conciencias individuales), por un lado, y de la explosión demográfica (que vuelve inoperante todo intento de imponer “el orden moral”), por el otro. En los setenta llega a su mayoría de edad la generación del baby boom (los nacidos en la década de los cincuenta) que todo lo masifica. En las grandes ciudades, millares de jóvenes de clase media y proletaria desertan de la moral tradicional y se adhieren a los valores y procesos en boga: el cuestionamiento de la familia patriarcal (miles de chavas renuncian a la ilusión de salir de blanco de la casa paterna y la abandonan como una reivindicación de autonomía); la proliferación de métodos anticonceptivos promovidos por las campañas de control natal acompaña la declaración de la virginidad como un valor en desuso (“la virginidad produce cáncer: ¡vacúnate!”); se masifica el consumo de la mariguana y se experimenta con otras drogas; se impone la moda unisex (expresión comercial de la aspiración sincera de trascender los estereotipos de género); practicar el amor libre se vuelve declaración de principios de la revolución sexual; el “qué dirán” pierde su eficacia como dispositivo de control de las conductas; entre otras expresiones contraculturales. En este contexto, presentado de manera esquemática, sólo hacía falta la acción decidida de las organizaciones gay para crear el espacio y el ambiente propicio que posibilitara la salida del clóset de miles de lesbianas y homosexuales. La presencia pública de gays y lesbianas sería la prueba de fuego de la tolerancia social que recién comenzaba a afianzarse en medio del autoritarismo moral y político reinante. Monsiváis ha señalado al 2 de octubre de 1978 como fecha de implantación ostensible de la tolerancia, “todo lo restringida que se quiera, pero irreversible”.

En la formación de los primeros grupos de homosexuales y de lesbianas, el feminismo tuvo una influencia determinante. La crítica feminista a la familia patriarcal, a los roles de género y al machismo en todas sus variantes fue la inspiración fundamental de los postulados del movimiento de liberación homosexual (llamado así a imagen y semejanza del movimiento de liberación de la mujer). En las marchas gay se adoptaron muchas de las consignas feministas: “no hay libertad política si no hay libertad sexual”; “en mi cama mando yo”; “lo personal es político”; “socialismo sin sexismo”, etcétera.

En esta primera etapa, el movimiento gay se aboca a dar visibilidad a una opción sexual que hasta entonces no se atrevía a decir su nombre, y a reivindicar públicamente el orgullo de ser diferente (“estamos en todas partes”, fue el lema central del movimiento). En literatura, cine, teatro y artes plásticas se publican y exhiben obras abiertamente homosexuales. Por su parte, los grupos gay realizan las marchas anuales del orgullo homosexual, llevan a cabo plantones de denuncia, promueven múltiples apariciones en público y acuden a los medios. Los más radicales recurren a la provocación como táctica para llamar la atención de la opinión pública y obtener respuestas inmediatas a sus denuncias. Táctica que si bien se reveló efectiva en sus inicios, por la generalizada homofobia imperante, a la larga reviró, cual boomerang, contra los propios grupos del movimiento. La VI Marcha del Orgullo Gay, en 1984, cuyo eje temático era la denuncia de los asesinatos de homosexuales por la homofobia criminal, es disuelta violentamente por ex integrantes del desaparecido FHAR. La orientación del movimiento homosexual había sido desviada de sus objetivos liberacionistas y lo que procedía, según su lógica sectaria, era imponer la Eutanasia al movimiento lilo, como rezaba el panfleto que distribuyeron en la demostración. Lamentable episodio de intolerancia que marcó el fin de esa primera etapa, pero no del movimiento.

Sin embargo, el desgaste del movimiento de liberación homosexual no se explica por la sola acción de un grupo. En su nacimiento llevaba ya su penitencia. Al igual que algunos grupos de mujeres feministas, las primeras organizaciones gay abrazaron al socialismo (y algunas al anarquismo) como horizonte de lucha. Identificadas con la ideología marxista o anarquista, limitaron su potencial social y se volvieron por definición excluyentes. Se caracterizaron por su extrema ideologización. Resguardar los principios ideológicos y revolucionarios se volvió un fin en sí mismo. Esta preocupación por los principios los llevó a descuidar las necesidades concretas de los diversos sectores de la población homosexual que demandaban respuestas diferenciadas. Era claro que a medida que perdiera su carácter radical y subversivo, el movimiento ganaría en adeptos, aliados e interlocutores, no fue capaz de realizar la transición hacia la defensa de los derechos civiles que demandaba una población marginada. El desgaste, el enfrentamiento entre los líderes, la fragmentación de los grupos, el aislamiento y la falta de elaboración de un discurso propio fueron los resultados más obvios de esa primera etapa del movimiento organizado, pero no los únicos.

Al romper el silencio y dar visibilidad a un modo de vida y sexualidad diverso, la acción valerosa de los y las primeras activistas gay crearon el espacio, físico y mental, necesario para encontrar y reconocer al semejante. En particular, esta visibilidad permite cuestionar y mermar los estereotipos armados por la ideología machista.

La creación de atmósferas y ámbitos de libertad permitió la primera salida masiva del clóset. Innumerables hombres y mujeres llevaron a cabo su pequeña revolución en su vida cotidiana, al revelar –no sin dramas de por medio– sus preferencias sexuales a la familia reunida con ese fin. Pero sobre todo, permitió a miles de jóvenes, que ya no sintieron la necesidad de organizarse en torno a su orientación sexual, deshacerse de culpas, temores y vergüenzas, para reivindicar, en un ambiente cargado de euforia y celebración por el destape, un modo de vida propio y desterrar para siempre de sus existencias la doble vida y la doble moral impuestas a las generaciones anteriores.

1985-1994/1999. En búsqueda de la identidad

En su segunda etapa, el movimiento gay organizado se caracteriza por su fragmentación. Todas las primeras organizaciones se disuelven, de sus restos se forman pequeños colectivos; la mayoría de los activistas desaparece de la escena, unos debido al sida, otros y otras optan por el autoexilio, y los más guardan silencio. Se da la separación de los movimientos gay y lésbico. También se forman nuevos grupos con nuevos protagonistas, la mayoría de existencia efímera o abocados a la lucha contra el sida.

El movimiento cambia de orientación: de la acción pública que busca la visibilidad, el interés se desplaza ahora hacia la introspección en búsqueda de la identidad. Se generaliza la adopción del vocablo gay como estandarte de la nueva identidad. La retórica socialista desaparece al ritmo de la proliferación de las dinámicas de grupo, los talleres de autoestima y las sesiones de terapia grupal. El movimiento gay se autoanaliza, se vuelca hacia dentro. Los grupos lésbicos reivindican su autonomía y profundizan en los análisis de género. Las marchas anuales del orgullo gay no desaparecen pero la asistencia es muy escasa. No recuperaran su carácter masivo de los primeros años sino hasta finales de los años noventa.

El centro político del movimiento se desplaza a Guadalajara, donde el Grupo Orgullo Homosexual de Liberación (GOHL) y la agrupación lésbica Patlatonalli, formadas a inicios de los ochenta, logran hacer la transición hacia la defensa de los derechos ciudadanos y en particular logran poner diques a las redadas y los abusos policíacos. Sin embargo, el movimiento tapatío conoce un duro revés en 1991 con la cancelación, luego de una fuerte campaña homofóbica, del Congreso de la Asociación Internacional de Gays y Lesbianas que se realizaría en esa ciudad. La conferencia se lleva a cabo finalmente en Acapulco, pero pierde impacto.

El sida aparece en un momento de debilidad del movimiento gay; fragmentado, es incapaz de dar una respuesta contundente a la homofobia desatada en los medios por los grupos conservadores. Aun así, son los colectivos gay los que organizan las primeras respuestas a la epidemia.

La aparición del sida tiene un efecto paradójico. Por un lado, reanima los argumentos de la homofobia (“castigo divino”, “cáncer gay”), y por otro, contribuye a legitimar, a través de la tragedia y las políticas de prevención, las prácticas y la orientación homosexuales. Como nunca antes, los estudios del comportamiento sexual entre varones, la población más golpeada, se multiplican en instituciones y centros académicos. Cientos o quizás miles de familias se enteran a un tiempo de la terrible enfermedad del hijo y de su homosexualidad. Pero luego de asimilar la doble tragedia, terminan reconciliándose y brindando su apoyo. El movimiento de lucha contra el sida y el movimiento gay correrán paralelos en todos esos años.

1999-2003. La reivindicación de la diversidad

En 1999, la marcha del orgullo gay llega al Zócalo de la ciudad de México. Decenas de miles de lesbianas, hombres gay, mujeres y hombres bisexuales, travestis, drag queen y transgéneros se desplazan por Reforma hasta la plaza mayor del país. La marcha se convierte en desfile, mucho menos politizada, pierde su carácter combativo, pero gana representatividad y espectacularidad. Es la segunda salida masiva del clóset. Lo más obvio ahora es la diversidad expresiva de lo gay, por mucho que los medios se empeñen en reproducir la imagen que despierta el morbo. En el afán de dar visibilidad a esa diversidad de identidades se rebautiza a la demostración: “Marcha del orgullo lésbico, gay, bisexual y transgenérico”, aunque el uso de las siglas LGBT termine por invisibilizar a todas.

Esta segunda oleada de liberaciones se deberá más a la influencia de procesos globalizadores (la necesidad de apertura y expansión de los mercados internacionales, el desarrollo de nuevas tecnologías de comunicación, la internacionalización de las industrias culturales y del espectáculo, etcétera), que a la acción de los grupos y organizaciones del movimiento gay, lo que determina su carácter y su perfil.

La irrupción de nuevas generaciones le imprime al movimiento una nueva dinámica que, ahora sí, tiende a proyectarse a nivel nacional. Cada vez un mayor número de ciudades e instituciones culturales y educativas se suman a la lista de lugares donde se realizan marchas y semanas culturales de la diversidad sexual. El reconocimiento de derechos comienza a concretarse en leyes y reglamentos, y los medios de comunicación reproducen imágenes más representativas de la diversidad sexual. En ese sentido, la popularización del término gay, más allá del ghetto, significa un cambio real de mentalidades y percepción pública de esa orientación sexual. Otro tanto acontece, aunque en mucho menor medida, con el término homofobia. Algo nuevo sucede, por primera vez lo gay trasciende al movimiento para incorporarse al lenguaje y las plataformas de lo políticamente correcto en materia de derechos humanos, de tal forma que los defensores de tales derechos ya no sólo se ubican entre las organizaciones del movimiento gay ni en sus personalidades culturales más conspicuas.

En veinticinco años, lo gay ha ganado su derecho a existir públicamente. Y si eso significa la institucionalización del movimiento o la normalización del modo de vida, es lo de menos. Lo más es avanzar en la profundización del reconocimiento de derechos a una población marginada cuyo ejercicio, como bien sospecha la derecha, cambiará radicalmente las instituciones que tan celosamente resguarda.


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