Homofobia: pánico de los varones a amar a otros varones

Foto: VANGUARDIA

Existen diversas definiciones de homofobia (Borrillo, 2001). Se plantean dos, una simple: homofobia es el miedo o el odio a la homosexualidad o a sus protagonistas; otra compleja: homofobia es el pánico de los varones a amar a otros varones. La definición compleja merece un análisis detallado.

La homofobia se basa en la perplejidad de los varones que no comprenden que sus pares (otros varones) sean capaces de renunciar a los privilegios que otorga la condición de hombre. La homofobia suele ser más intensa, e implica agresiones, en la adolescencia, ya que es esa etapa en que los varones occidentales son socializados para serlo. Es un lugar común afirmar que las identidades masculinas tradicionales reposan en tres pilares: individualismo, misoginia y homofobia (Badinter, 1993). La misoginia y el desprecio a las mujeres supone rechazar su universo y las calidades que lo prueban. El individualismo es una forma de apuntalar la autonomía personal que cuestiona y niega el don y la reciprocidad como forma de intercambio social y económico. La homofobia, por su parte, es una característica central de las sociedades occidentales que, además, condiciona todas las formas sociales de ser hombre. La homofobia es mucho más que odiar a los gays. La homofobia es terror de los varones a amar a otros varones. Se trata de un miedo intenso y terrible. Un pánico tremendo semejante a los terrores sagrados (Cardín, 1984). Los varones (también los gays) sienten inseguridad si aman a varones. Algunos de ellos, (los denominados heterosexuales) se refugian en los modelos heroicos para controlar ese miedo. Pero también los hombres gays han sido educados para la homofobia. Por eso a muchos les cuesta tanto amar a otros varones. Hay que entender el universo gay como una forma de control social que potencia la homofobia y que reduce el amor entre varones a una cuestión menor, o gay si se prefiere (Guasch, 2000). La homofobia convierte a los varones en seres individualistas, celosos de su independencia e incapaces para el compromiso. A mayor homofobia, menor solidaridad social.

Nuestras sociedades asumen o toleran que los hombres de verdad establezcan relaciones con toda clase de personas (incluyendo transexuales, travestis, maricas y por supuesto, mujeres). Pero no está permitido que los hombres de verdad se amen entre sí. Los hombres de verdad, para serlo, deben cumplir las expectativas de género que se les atribuyen y tener el control y llevar la iniciativa (sea esta política, sexual o económica) para ser autónomos e independientes. Pero para que este control sea posible, los compromisos afectivos sólo pueden establecerse con miembros de los grupos subalternos (sean estos mujeres, maricas o sus equivalentes estructurales). En nuestra sociedad, los hombres de verdad eluden la dependencia emocional respecto de sus mujeres mediante la traición ritual y grupal que se concreta en ir de putas. De este modo, estos varones, relativizan el compromiso y la dependencia respecto de las mujeres que, en teoría, aman. Quienes no se avienen a participar en aquella traición son etiquetados de calzonazos, es decir, como varones dependientes de mujeres y en consecuencia se les niega el título de hombres de verdad.

En ese sentido, los calzonazos son estructuralmente idénticos a los maricas. Lo mismo puede decirse de los insumisos de los años setenta. Al negarse a participar en los procesos de masculinización de la época (el servicio militar obligatorio) fueron tachados de poco hombres, de cobardes. Calzonazos, maricas o cobardes insumisos son el resultado de las necesidades identitarias de los hombres de verdad, que precisan de otros sobre los que proyecten sus propias carencias y miedos. Y a todos ellos, al igual que a las mujeres, los hombres de verdad no los toman en serio y los infantilizan.

Follar varones maricas puede ser un instrumento que los hombres de verdad empleen para afirmar que lo son. Esto último suele expresarse mediante las categorías activo y pasivo aplicadas a las relaciones sociosexuales que los hombres establecen entre sí, de manera que se le atribuye al primero el control y la iniciativa en cuanto a condiciones que definen y fijan la condición de varón comme il faut.

Follar maricas (o si se prefiere, follar varones pasivos) permite a los hombres de verdad, los activos comprobar que sí lo son. Se trata de estrategias comunes en las cárceles o en los ejércitos y en otros contextos de varones. A las mujeres y a los maricas (y a sus equivalentes estructurales, sean calzonazos o sean miedicas) los hombres de verdad no se los toman en serio. Por eso follarlos (o follarlas) no tiene consecuencias sobre el modo en que se piensan a sí mismos.

La definición simple de homofobia (la que afirma que implica odiar a los homosexuales) sólo puede aplicarse al período de existencia de la homosexualidad. Sin embrago, la definición compleja (la que afirma que la homofobia es el pánico de los hombres a amarse entre sí) puede aplicarse a un contexto mucho más amplio: el constituido por el conjunto de tradiciones influenciadas por el judeocristianismo (incluyendo el islam) y también a la etapa de vigencia de la homosexualidad como categoría médica.

Aplicar la definición compleja de homofobia permite definir un período de más de dos mil años de condena de los varones pasivos en toda el área circunmediterránea. Se trata de una etapa con distintos grados de presión social para que los varones cumplan las expectativas de género que les son prescritas. En ese sentido, los estigmas asociados a los varones pasivos (sodomitas, homosexuales, cobardes, calzonazos o gays) se han rebelado eficientes para asegurar el cumplimiento de las normas de género por parte de los hombres.

El modo carnavalesco de pensar el mundo gay cuenta con el aplauso y la complicidad ignorante de una izquierda anodina y sin ideas que aplica ineficaces (pero correctas) políticas de gestos hacia el mismo, y que todavía no ha entendido que el problema jamás fue la homosexualidad, sino la homofobia. La homofobia (que se oculta ahora bajo una capa de corrección política) permite que las personas gays sean toleradas por una sociedad que les obliga a vivir en áreas bien delimitadas, pero que no les permite hacerlo en todos los espacios sociales. Esa tolerancia (que no es respeto) se concreta y se hace visible gracias al gueto. El gueto jamás es voluntario. El gueto es una estrategia de los grupos subalternos para sobrevivir en un mundo hostil.

GUASCH, OSCAR. Héroes, científicos, heterosexuales y gays. Edicions Bellaterra, España, 2006

(Extracto)


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