Técnicas sexuales

Está muy extendida la creencia de que las relaciones homosexuales se componen principalmente de contactos bucogenitales y del coito anal. Aparentemente, las características de “inserción del pene” de estas acciones son muy análogas a la relación pene-vagina de la heterosexualidad. Si bien es cierto que las técnicas orales y anales son comunes en la homosexualidad, entre grandes segmentos de la población homosexual existe una preferencia definida, a menudo exclusiva, por diversas formas de masturbación mutua y coito femoral (entre los muslos). La comprensión de estos hechos no tiene por qué cambiar necesariamente la impresión que tenga nadie sobre la homosexualidad. Sin duda, la mayor parte de la gente concebirá siempre la sexualidad varonil, en general, y la sexualidad, en particular, en los términos de actividades fálicas. Este enfoque es, ciertamente, el que produce las falsas concepciones que a su vez, tienden a oscurecer el significado que la homosexualidad tiene para aquellos que la practican. Es indicativo de ello el hecho de que la exaltación del falo haya imposibilitado a mucha gente incluso a concebir el lesbianismo: “Después de todo, ¿qué pueden hacer dos mujeres solas?” pensarían muchos. Por otra parte, para muchos hombres y mujeres heterosexuales que se sienten demasiado inhibidos ante los contactos orales y anales, la idea de que estas técnicas compendian la homosexualidad ha servido de base para que piensen que ésta es especialmente carnal y “anormal”. Estas ideas y otras similares, han producido la impresión extendida, de que las prácticas homosexuales carecen de los tipos de afectos que son, precisamente, las principales motivaciones subyacentes.

Por otra parte, la gente, a menudo de manera intuitiva –o inconsciente-, selecciona a sus compañeros según acuerdos tácitos en sus actitudes fundamentales, actitudes que resultan ser las que los “armonizaron” en primer lugar. Lo cierto es que una persona que tenga preferencia por unas técnicas sexuales determinadas y aborrezca otras, puede pasarse años enteros sin encontrar un solo compañero cuyas preferencias sexuales sean contrarias, incluso aunque nunca se haya planteado las preferencias antes del momento de practicarlas. Por tanto, en la afirmación de que una persona en el sentido de que esta o aquella preferencia sexual no solo es la suya, sino que es compartida por la “mayor parte de la gente”, hay una convicción genuina y no una mera racionalización.

Los hombres con un antecedente social más bajo están más inclinados a restringirse ante el coito anal activo en la homosexualidad; y en la heterosexualidad son los que menos preferencias tienen por las técnicas fálicas. Esta preferencia, a menudo una demanda, está de acuerdo con varios de los prejuicios de los varones de un nivel inferior: el miedo a ser menos hombres si es totalmente sumiso, la vacilación ante la utilización de las técnicas bucogenitales e incluso ante la ejecución de una posición que no sea la del “misionero”.

Estas estructuras son raras en los niveles medio y superior. En ellas no es inusual encontrar hombres que, aunque decididamente dominantes en otros aspectos de sus vidas, prefieren ser seducidos o representar, por cualquier otro medio, un papel sumiso en el sexo. A veces este deseo está tan alejado de lo que un hombre espera que sea su preferencia, que se siente desconcertado por él y no se atreve a mencionarlo ni al compañero en que más confía. Otros hombres aceptan con más facilidad ese deseo, disfrutan perfectamente de la inversión de rol y obtienen excitación de la incongruencia.

Estos tipos de inversiones son igualmente frecuentes en las relaciones entre lesbianas. Una mujer que haya sido sexualmente sumisa durante años en un rol heterosexual puede estar especialmente interesada en tomar la iniciativa cuando esté con compañeras de su sexo. Y entre las mujeres totalmente homosexuales, las que son más enérgicas durante toda la fase de aproximación, son, con frecuencia, las más inclinadas a invertir de modo abrupto su estilo cuando se encuentran en la alcoba, esperando que se “les haga el amor”. Este tipo particular de inversión es tan predomínate entre lesbianas que con frecuencia representa un motivo de quejas o recelos.

Todas las técnicas sexuales producen gratificación a diversos niveles, pues satisfacen las “necesidades de funcionamiento” esenciales a la especie. Por otra parte, cuando un acto lleva en sí una implicación de rol de algún tipo puede equilibrar o perfeccionar la idea que una persona tiene de sí misma. En las relaciones interpersonales, las técnicas sexuales suministran tanto la tensión como el contacto que permiten a los individuos la expresión de un afecto posesivo mutuo. Estas consecuencias psicológicas constituyen una importantísima parte de todas las interacciones sexuales; pero en tales acciones también hay otros hechos comunes.

Toda técnica sexual está formada y potenciada por unas influencias que derivan de cuatro amplias fuentes: fisiología, consideraciones sociales, compañeros y situaciones particulares y una psicología.

 

Fuente:

TRIPP, C.A. La cuestión homosexual, EDAF, Ediciones-Distribuciones S.A., España, 1978


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