Matrimonio homosexual

En la opinión de Rolando Jiménez.

Fundador, y desde el 2005, presidente del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (MOVILH), colectivo nacido en 1991 en Chile. Ocupa también cargos en diversas redes y asociaciones nacionales e internacionales de derechos humanos. Su trabajo a favor de la igualdad para lesbianas gays, bisexuales y transexuales ha recibido variados reconocimientos, siendo el más reciente el del 2010 cuando Naciones Unidas lo destacó por su lucha contra la discriminación junto a otros 22 líderes sociales de América Latina. Su trabajo se ha caracterizado por el desarrollo periódico de campañas, estudios y acciones de incidencia política y social para prevenir y enfrentar todo tipo de discriminación y/o violación a los derechos humanos en los tres poderes del Estado, en las Fuerzas Armadas y de Orden y en la ciudadanía. Durante la dictadura, el dirigente desarrolló una activa labor política de base cuyo fin era la recuperación de la democracia, lo que le valió diversas detenciones y torturas.

A partir de los cambios que la institución del matrimonio ha experimentado, ¿cuál es la importancia que todavía tiene el matrimonio en nuestra sociedad? A su juicio, ¿por qué muchas parejas –heterosexuales o del mismo sexo– consideran significativo poder contraer matrimonio?

Para los sectores ultraconservadores el matrimonio es sinónimo de familia o, al menos, el fin al cual debe aspirar toda pareja que desee convertirse en una “verdadera familia”. Pero el matrimonio es simplemente una institución civil a la cual las parejas echan mano para formalizar la unión de una familia ya constituida, ya sea como rito romántico de entrega o amor y/o por interés en los beneficios legales que una unión de este tipo acarrea (pensiones, salud, derechos hereditarios y patrimoniales, etc.).

Algunas definiciones del matrimonio, recogiendo las absolutistas e impuestas visiones del amor que promueven algunas religiones en alianza con una parte del Poder Político, han agregado otros requisitos a este vínculo, hasta transformar los ritos en algo poco creíble, irreal o derechamente hipócrita.

En este sentido, la idea de ser fiel y de permanecer unidos de por vida frente a los ojos de Dios, esté escrito o no en las leyes, es parte del simbolismo que ha acompañado la tradición del matrimonio que la mayoría de las veces, y no sólo en la actualidad, ha demostrado ser irreal. Este hecho hoy en día se constata en forma más clara, pues felizmente las sanciones sociales frente al incumplimiento de ciertos parámetros de “moralidad” han perdido fuerza y validez.

Adscribir el matrimonio es para muchos aceptar aquellos simbolismos irreales, que de paso discriminan las diversas formas de hacer familia. Esto ha derivado en un desprestigio de la institución, al que se han sumado otras interpretaciones que son usadas socialmente como argumentos para rechazar el matrimonio, sea que se basen o no en mitos. Ejemplos de esta percepción son las ideas de que el matrimonio termina, se quiera o no, por matar el amor, la pasión y la felicidad de las parejas.

De ahí que, en buena medida, cientos de miles de parejas heterosexuales convivan o deseen formalizar su unión a través de otras vías, sin simbolismos o ritos definidos e impuestos por una minoría, siendo una alternativa las uniones civiles, institución legal que aún no se consagra en Chile.

Igualmente, es cierto que muchas parejas respetan y desean estos simbolismos para su unión, mientras otras que los rechazan contraen de igual manera el matrimonio por los beneficios legales que acarrea, pero le dan su propio significado, al margen de las visiones predominantes.

La aceptación o rechazo del matrimonio puede provenir de parejas heterosexuales y homosexuales. La diferencia que estas últimas bajo el actual Código Civil chileno no pueden contraer dicho vínculo, hecho en el que han incidido, nuevamente, las visiones religiosas que consideran como “familia natural” sólo la unión entre personas de distinto sexo.

Lo concreto es, sin embargo, que mientras el matrimonio siga siendo relevante para muchas parejas, éste debe existir y ser una opción para todas ellas, sin importar su orientación sexual.

Las constituciones políticas y los tratados internacionales de derechos humanos consagran el derecho a la igualdad y la prohibición de discriminación. A su juicio, ¿existen situaciones en el ámbito de la regulación del derecho de familia en que proceda distinguir legalmente entre personas homosexuales y heterosexuales? ¿Cuándo y por qué procederían?

 

En ningún caso procede hacer distinciones entre homosexuales y heterosexuales para construir o ser familia, pues este en un derecho humano, y por tanto, universal, inalienable, indivisible e interdependiente.

La regulación del derecho de familia no hace distinciones al respecto, pues la definición legal que se tiene del concepto es amplia, aun cuando arbitrariamente su aplicación sea restrictiva y discriminatoria.

La Constitución consagra el derecho a la igualdad ante la ley y define a la(s) familia(s) como “el núcleo fundamental de la sociedad”. El Estado tiene el deber de reconocer y amparar a estos “grupos intermedios” sin discriminación de ningún tipo.

Al estar definido el matrimonio en el Código Civil chileno como la unión entre un hombre y una mujer, automáticamente algunos grupos realizan extrapolaciones restrictivas que circunscriben la concepción de familia a una unión heterosexual y colocan el énfasis en la composición y no en los sentimientos.

Con todo, al margen de las interpretaciones de las leyes y de la prohibición del matrimonio entre personas del mismo sexo contenidas en el Código Civil, las familias compuestas por personas homosexuales o transexuales existen en Chile y muchas de ellas tienen hijos/as. Por tanto, es un deber del Estado otorgarles la misma protección que a las familias formadas por parejas heterosexuales. Su sola existencia, sumado a los principios constitucionales, lo justifica.

Todas las argumentaciones sobre la regulación del derecho de familia que hagan distinciones entre homosexuales, heterosexuales o transexuales implican trasladar al quehacer jurídico la discriminación, la homofobia y la transfobia. Esta situación es similar a lo que en muchos lugares del mundo sucedió respecto de los matrimonios interraciales, o con la población indígena, cuyas tradiciones, incluidas las familiares, fueron consideradas como contrarias a un orden que algunos/as han llamado “natural”, pero que no es sino una invención de unos pocos. Por lo demás, las distinciones legales basadas en la orientación sexual de las parejas solo introducen la idea de que existen familias de primera y de segunda categoría.

Más allá de esta discusión, la legalidad no podrá alterar nunca el amor o los afectos de familias que ya existen. Jamás podrá destruirlas o hacerlas desaparecer; tampoco sancionarlas con cárcel o con multas, como ocurría en el pasado. Por tanto, y si se trata de igualdad y de fortalecimiento de la(s) familia, el único camino humano y ético es amparar a todas personas unidas por diversas formas de amar.

Publicado en:     Anuario de Derechos Humanos 2011

http://www.revistas.uchile.cl

Soy Adam y soy gay

Soy Stephen y soy heterosexual

Somos hermanos gemelos idénticos

Y ambos merecemos idénticos derechos de matrimonio

Fotografías publicadas en:     http://veryjoeandbullish.blogspot.mx


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