¿Hay una literatura homosexual?

Luis Antonio De Villena

Septiembre 13, 2000

Acontecimientos y nombres de los mass media han producido la vitalidad y el morbo de la salida del armario que ha cambiado -y cambiará más- modos y modas en la vida misma, desde el periodismo a la literatura y la cultura más alta. Es cierto que la lentejuela se mezcla con el antiguo mármol. Y así, mientras hay quien esperará el libro de Boris Izaguirre sobre el glamour (y Boris podría ser bastante más que un showman) otros se quedan con ese libro, más serio de lo que parece, Escuela de Glamour (Plaza & Janés) de Miss Shangay Lily, encantador caballero…

El libro Homografías (Espasa) de Ricardo Llamas y Francisco Javier Vidarte (quizás también Salir del armario del no menos comprometido Alfonso Llopart) abren un apartado nuevo en el ensayismo español, no falto de afán provocativo. No es que abran el ensayismo gay y lésbico que, naturalmente, ya existía, sino que se meten, con tacones, en su sendero más cotidiano. Homografías es un libro desigual en todos los sentidos (yo me quedaría con capítulos como “Urinarios” o “Nefandarios”) pero resulta el reflejo ensayístico más próximo a una realidad, muy antigua, y cada vez más emergente: El mundo en el que viven y piensan hombres y mujeres gays y lesbianas -se supone que homosexual es un término de connotaciones decimonónicas- y que puesto que, a diario, se vuelve más visible y pensable, no puede dejar de ser, entre otras cosas, objeto de cine, ficción, arte y literatura.

En Estados Unidos existen desde hace casi dos décadas -en el mundo universitario- cátedras de Estudios gays y lésbicos. En España hay ya una revista (entre otras más frívolas), “Reverso” dirigida por Jaime del Val, que sigue esa línea más académica.

Lo nefando y la transgresión

Por supuesto que, en el siglo XX, ha habido -antes de las salidas del armario- una literatura gay o lésbica de gran calado escritural. En Francia, André Gide (premio Nobel de 1947) y el aún vivo Roger Peyrefitte (por cierto, se acaba de reeditar y retraducir, en España, su más que clásica Las amistades particulares) fueron homosexuales visibles, notorios y -en el caso de Gide- aureolado de enorme prestigio. Libros suyos como Corydon -un ensayo sobre la homosexualidad, cuya traducción española prologó Gregorio Marañón- eran símbolos de una literatura que hablaba con naturalidad de lo nefando, sin borrar del todo la transgresión. Porque casi toda la literatura homosexual de este siglo que acaba, desde El cuarto de Giovanni de James Baldwin o La ciudad y el pilar de sal de Gore Vidal (por hablar de títulos muy clásicos) o, desde el lado femenino, textos -menos evidentes- de Gertrude Stein, de Willa Cather o incluso de Colette, han partido de la idea -esos textos, esa literatura- de que lo homosexual debía ser literariamente hondo y preferentemente perturbador: Forster, Virginia Woolf, Proust…

Nuevo costumbrismo gay

¿Existía entonces, desde antiguo, una literatura homosexual? ¿O lo homosexual -masculino o femenino- era solo un tema que, eso si, implicaba transgresión, ataque a la normalidad, marginación asumida? Creo que no hay una literatura homosexual, por la muy sencilla razón de que un tema jamás ha cimentado la existencia (formal, estructural, estilística, idiomática) de una literatura. Pero es obvio que el tema gay ha aumentado poderosísimamente, perdiendo a la par parte de su condición transgresora. Qué enorme diferencia -literaria- existe entre Pompas fúnebres de Jean Genet o Los muchachos salvajes de William Burroughs (libros bellísimos y terribles) comparados con las novelas que están inaugurando el mayor costumbrismo gay, tal las últimas y recientes de David Leavitt, Junto al pianista, o del británico Alan Hollinghurst, El hechizo (Anagrama). Estas últimas -bien hechas- no tienen otra novedad que el tratamiento de su tema: líos amorosos gays narrados con entera naturalidad, pero en un estilo plano que nos retrotrae a un concepto bastante anticuado y algo pobre de la literatura. Y así lo que es bueno a nivel de vida cotidiana (la normalización de la vida homosexual) no lo es tanto al nivel de la escritura.

Lectores insatisfechos

La editorial española Egales, que publica muchas novelas -españolas o extranjeras- sólo por su clara temática gay, explica razonadamente que existe un público lector que anhela ver reflejado (en letra o en cine) lo que antes no podía verse ni decirse. El problema vendrá cuando, una vez visto todo eso, el amante de lo realmente literario se vuelva insatisfecho. En esa línea testimonial han sido un éxito aquí, novelas como Algún día te escribiré esto de Luis Algorri (Egales) o Una playa muy lejana de Pedro Menchén (Libros de la Frontera). Por supuesto que, entre nosotros, ha habido una muy importante tradición gay antes de llegar a hoy. Novelas como Las locas de postín -1919- de Alvaro Retana o El Angel de Sodoma -1928- del cubano, afincado en España, Alfonso Hernández-Catá, abrirían un camino (lleno de sobresaltos, desde luego) que pasa por Los placeres prohibidos de Luis Cernuda, El público de García Lorca o la obra entera (Valentín o Heraclés son libros más que espléndidos) del injustamente casi olvidado Juan Gil-Albert. Luego llegarían Juan Goytisolo (su blasfematoria y atractiva Carajicomedia está en la otra cara de la moneda del costumbrismo gay) Terenci Moix o Eduardo Mendicutti, entre los cinco más reconocibles. Por ahora brota lo femenino más tímidamente -Esther Tusquets es más mencionada, en este tema, en las universidades norteamericanas que en España- y la gran eclosión latinoamericana desde el nombre hoy emblemático de Reinaldo Arenas, hasta el peruano Jaime Bayly, que hizo estupendas novelas orales con No se lo digas a nadie o La noche es virgen (Anagrama) para perderse después en novelas menos gays y excesivamente esnobs…´

El riesgo de lo light

Pero también hay allí gente nueva y también el costumbrismo podría ser una amenaza: Paisaje masculino (Sudamericana) del chileno Carlos Iturra, contrasta con el libro del también chileno Jorge Pujado, Los regios de Santa Lucía, publicado aquí por Laertes. Este ensayo sobre los chicos de un barrio marginal de Santiago y su vivencia de lo gay resulta más trangresor que algunos de los relatos de Iturra…

El tema es generoso y sólo puedo apuntarlo. Faltan aún mujeres (pese al ardor de Lucía Etxebarría). Lo gay es un tema muy creciente. La literatura homosexual -que es ese tema- corre el riesgo (en algunos de los autores más nuevos, no en los de antes, en los que conocieron la represión) de volverse más light. Aunque el ensayo vigila. Ahí está el buen diccionario de Alberto Mira, Para entendernos (Ediciones de la Tempestad), que aunque con mínimos errores debidos a la prisa y a la gran ambición del conjunto, es una de las obras más notables producidas en España para el conocimiento cabal de una cultura gay y lésbica, que existe como pluralísima vida, más allá de la noble moda de salir del armario o del ligerísimo vaho morboso de la pluma televisada. Dos libros nuevos, lejanos al peligroso costumbrismo: La muerte de Tadzio (Alfaguara) de Luis G. Martín, y No llores ni tengas miedo (Egales), primera novela del cubano Luis Deulofeu… Un mundo nada nuevo pero, sí, en extraordinaria emergencia.

 

Publicado en     http://www.elcultural.es


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