Sistemas de negación de la homosexualidad

Hay cuatro defensas-negación básicas bajo las cuales las personas pueden NO admitir ante sí mismos o ante otros que son homosexuales, aunque lo sean de modo exclusivo.

1. La defensa del rol de género. Muchos hombres se sienten libres para responder a otros varones sólo si pueden mantener un rol “masculino” ante sí mismos evitando las expresiones emocionales que implicarían un apego al compañero o viendo sus actividades libres de cualquier elemento “femenino”. Preservan su imagen varonil tomando el papel dominante en el coito anal o yaciendo de espaldas para recibir la fellatio. El que ambas actividades sean fálicas en alto grado, que no sean receptivas –en el sentido de ser penetrados- y que puedan producirse con un compañero heterosexual son motivos que apoyan la racionalización de que lo que están haciendo “no es realmente homosexual”. La extraña noción de que los contactos entre miembros del mismo sexo son homosexuales sólo para aquel que invierte su rol de género tiene una larga tradición. La idea se refleja en la noción popular de que sólo los afeminados son homosexuales, en la de que los homosexuales son afeminados y en la de que las lesbianas son duras y algo “fálicas”, si no amazonas. Con esta racionalización, muchos varones de numerosas sociedades han podido satisfacer sus necesidades homosexuales. Lógicamente la realidad es que en los contactos sexuales entre varones AMBOS elementos son homosexuales y ambos están extensivamente motivados también ya que nadie responde fácilmente a un compañero que no tenga significado sexual.

2. La defensa de la inocencia personal. Hay hombres que desean su homosexualidad al tiempo que la niegan y no son conscientes de “rol” alguno. En ocasiones se convierten en expertos en el arte de seducir a los otros para que se adelanten y así se sienten sin culpa y libres para responder en situaciones homosexuales. La culpa es del que inicia las cosas. A menudo, la excusa para un contacto de este tipo es que en ese momento estaba borracho o dormido, con lo que nos encontramos nuevamente con el justificante de la falta de premeditación. En otros casos, los hombres o mujeres que raras veces, o nunca, son capaces de dar libre curso a sus proclividades homosexuales en relaciones personales, pueden hacerlo fácilmente en situaciones orgiásticas. De nuevo nos encontramos con la suposición de que se está procediendo dentro de una situación que ha sido fijada y definida por otros.

3. La defensa del “sólo ahora”. Muchas personas ejercen actividades homosexuales, al menos ante sí mismas, concibiéndolas como meramente temporales. Pueden pensar que se trata de un mantenimiento temporal de lo que hicieron cuando eran jóvenes, o como una actividad placentera que ahora encuentran disponible, pero que perderá su atractivo cuando “se estabilicen” o “se pase el tiempo de esa actividad”. Muchas personas que se sienten más atraídas por los contactos homosexuales que por los heterosexuales retrasan el reconocimiento pleno de ese hecho atribuyendo su menor capacidad de respuesta heterosexual a una incapacidad para encontrar el compañero apropiado. Para muchas personas la naturaleza transitoria de casi cualquier actividad, o simplemente pensar en ella como temporal, es motivo suficiente para no sentirse culpable por ella. En materias sexuales, donde las normas de aprobación o desaprobación son muy rígidas, a muchas personas les es necesario atribuir su conducta criticable a influencias externas; si no al compañero o a la situación en que se encontraron, al escaso lapso de tiempo. La racionalización de que la homosexualidad de una persona es una fase temporal es tan poderosa que puede seguir siendo convincente en ausencia total de actividades heterosexuales.

4. La defensa de la amistad especial. Hay otras personas que se resguardan de las implicaciones homosexuales al interpretarlas bajo una etiqueta más aceptable. Estas relaciones especiales, en las que generalmente se pone más énfasis en sus interacciones intelectuales y sociales que en el sexo, son con frecuencia muy románticas y obtienen su credibilidad no sólo de la intensidad emocional que pueden alcanzar, sino del hecho de que ninguna otra persona del mismo sexo podría “armonizar” con ellos de esa forma. Como en todas las situaciones románticas, los elementos puramente sexuales pueden ser eclipsados por lo que se siente como un abundante afecto. Cuando dicha relación, incluyendo el sexo que hay en ella, se produce por primera vez en una persona, puede fácilmente parecer única y no ser reconocida como una experiencia homosexual clásica. Como la defensa de la amistad especial está relacionada con poderosas preocupaciones morales, no es extraño que ocasionalmente se presente del modo opuesto: los contactos homosexuales o extramaritales son totalmente permisibles siempre que sean promiscuos, oportunistas o carezcan por otras causas de emoción, porque entonces “no significan nada”.

 

Fuente: TRIPP, C.A. La cuestión homosexual, EDAF, Ediciones-Distribuciones S.A., España, 1978


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