Jorge, una víctima más del SIDA

    Aquella mañana de sábado fue la sobrina de Jorge quien abrió la puerta del departamento.

-Pasa.

-¿Cómo está? – pregunté.

Su gesto de desaprobación lo dijo todo. Jorge había corrido con la suerte de que su prima hubiera decidido tenerlo con ella y con su hija desde que empezó a estar más grave. Si en la casa de él la situación siempre había estado tensa, cuando no pudo ocultarlo más, su padre con ese pretexto por fin pudo sacarlo de sus vidas y su madre se enfrentó, no al padre, sino al dilema de escoger entre Jorge y sus dos hermanos menores que “podían ser contagiados” optando por lo segundo no sin quedarse con un gran remordimiento y un dolor callado provocado por tomar una mala decisión que no le permitía vivir en paz consigo misma.

Martha, su prima, había crecido muy cercana a su familia y era la única de todos que lo había aceptado tal  como era y no iba a abandonarlo en una etapa tan difícil como ésta. Ella y su hija vivían solas y haciendo espacio para el enfermo lo atendían y cuidaban lo mejor que podían.

Jorge y yo trabajábamos en una empresa donde nos habíamos conocido hacía ya tres años. Después de identificarnos plenamente, empezamos a llevar una amistad muy estrecha y nunca rebasamos esa condición de amigos pues realmente la disfrutábamos más que si hubiéramos intentado en algún momento ser pareja.

Él fue… (¡cómo duele hablar en pasado!) durante ese tiempo alguien con quien las horas se hacían cortas, las penas se curaban pronto y las andanzas contadas terminaban en carcajadas o en llanto, según fuera el momento.

Pasamos muchas  tardes, noches y madrugadas hablando de mil cosas, llenándonos de café y de planes o de cerveza y recuerdos. Cuando uno tenía pareja, el otro le hacía escenas fingidas de celos, cuando eramos cuatro, parecía que lo teníamos todo. Aún tengo una fotografía de una playa, pero de aquellas cuatro figuras, sólo dos sobrevivimos y dejamos de vernos hace ya mucho tiempo.

A Alberto lo conocimos por alguien del círculo de amigos que frecuentábamos. Atractivo y carismático fue inmediatamente como un imán para Jorge y si habíamos sabido llevar nuestra amistad respetando las decisiones del otro, esa vez no iba a ser la excepción. Sin embargo, por algunos detalles que observé (no visibles para alguien que está enamorado) me atreví alguna ocasión a decirle que no me agradaba del todo su romance. Hoy me arrepiento de no haber sido más enfático, aunque no estoy seguro si hubiera servido de mucho en realidad.

De algo sí estoy seguro y Jorge también lo sabe: Alberto lo contagió y el SIDA encontró una víctima más.

Meses después con su retorno a la soltería y a la realidad, cada uno tomó su camino pero Jorge empezó a mostrar síntomas que ya conocíamos, que ya habíamos visto antes en alguien más y un análisis confirmó lo que ambos temíamos. Ese día se resquebrajó nuestro mundo, todo parecía ausente o tal vez eramos nosotros quienes lo estaban y no encontramos muchas palabras que decir el uno al otro.

Pasó el tiempo con grandes cambios en nuestra amistad y sobre todo con el debilitamiento de su cuerpo. Ahora, cada vez que podía, pasaba a verlo y lo acompañaba junto con Martha cuando tenía que ir a la clínica, ya fuera por medicamento o por alguna de sus crisis que le causaban las enfermedades que cada vez eran más frecuentes.

Su alegría de vivir se había ido, sonreía poco y su mirada se clavaba en el muro frente a su cama por largas horas. A veces la música que intentaba que escuchara le molestaba y ver una película, como en otros tiempos, era pesado para él y también para mí. Era un enfermo cuya falta de ánimo lo estaba hundiendo cada día en una depresión fuerte e irreversible.

Perdió mucho peso y el color de su rostro se volvió cetrino, comía con grandes esfuerzos y cada vez levantarse le era más difícil. Saber que la vida de alguien se está extinguiendo lentamente y sentarse a su lado en una cama con una sonrisa fingida y diciéndole que va a estar bien, que va a mejorar, es lo más falso que puede hacerse, pero ¿se puede decir o hacer algo distinto en momentos como esos?

A media mañana de un martes recibí la llamada que esperaba desde hacia varios días. Martha se encontraba con Jorge en lo que parecía su última visita al hospital. Llegué tan pronto me fue posible y pude, entre súplicas y enojos pasar a verlo unos momentos. Su rostro era una mezcla de sudor frío, angustia, dolor y lejanía y entre los sonidos monótonos de las máquinas se escuchó un débil susurro: “Luis…” y tomando su mano y besándolo en la frente, poco después se fue, se fue para siempre…

No quería hablar de estadísticas, de nuevos medicamentos, de campañas o de falsedades. Quería decirles a aquellos “Jorges” que por amor o deseo se olvidan de protegerse, que, aún después de mucho tiempo, dejan un vacío y una soledad cuando parten que nunca, nunca se logra llenar con la compañía de alguien más y sólo nos queda el recuerdo espontáneo de su mirada, de su figura, de su sonrisa y de su amable y amado rostro.


Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s