Homosexualidad en el México prehispánico

 

     “Porque aun allende de lo que arriba hemos dicho en relación a Vuestras Majestades de los niños y hombres y mujeres que matan y ofrecen en sus sacrificios, hemos sabido y sido informados de cierto que todos son sodomitas y usan aquel abominable pecado”. Este juicio de Hernán Cortés aparece en numerosas obras de autores españoles, conquistadores en su mayor parte, pero también cronistas religiosos o historiadores oficiales que enfatizan la presunta generalización del “pecado nefando contra natura” entre los indios. La opinión de los misioneros y de los autores de origen indígena es, en general, muy diferente: destacan la ausencia de “sodomitas” e incluso, contradiciéndose, señalan la existencia de castigos rigurosos para los homosexuales en la época prehispánica.

Estamos sin duda frente a dos discursos opuestos sobre un tema particularmente sensible para la gente de la época. Si la justificación de la conquista requiere de la denuncia en bloque de las costumbres indígenas (en los escritos de los conquistadores es notable la asociación de las acusaciones de antropofagia y de práctica de sacrificios humanos con la de la sodomía), la defensa de los indios se acompaña del elogio de la moral precolombina y de su condena de la homosexualidad.

Además de los discursos de los conquistadores y de los frailes, conviene examinar los testimonios redactados en lengua indígena: “Sodomita, puto (cuiloni, chimouhqui), corrupción, pervertido, excremento, perro de mierda, mierducha, infame, corrupto, vicioso, repugnante, asqueroso, afeminado, se hace pasar por mujer, merece ser quemado, merece ser puesto en el fuego”. En este testimonio de los informantes nahuas de Bernardino de Sahagún, el homosexual suscita una reacción de asco y de rechazo, Ahora bien, ¿fueron pronunciados estos juicios negativos bajo la influencia de los frailes o bien reflejaban concepciones indígenas? No cabe duda de que los cuestionarios elaborados por Sahagún según modelos occidentales influyeron en sus informantes para distorsionar el retrato de esos grupos. Además, no olvidemos que los informantes indígenas ya evangelizados no podían sino descalificar a los homosexuales.

La vida común llevada por los adolescentes en los templos-escuelas provocó acusaciones que retomó fray Bartolomé de las Casas: “Y es gran falsedad y testimonio pernicioso lo que algunos de los nuestros les levantaban, que los mancebos que había en los templos cometían unos con otros el nefando pecado”. Evidentemente la convivencia en los telpochcalli (casas de los jóvenes) y en los calmecac (templo-escuela de los sacerdotes) se prestaba para tales relaciones entre estudiantes aunque sabemos que existía una vigilancia nocturna por parte de los maestros. En la región de Yucatán, fray Diego de Landa niega la existencia de relaciones homosexuales entre los estudiantes, aunque confiesa haber oído que sucedía en otras partes. De hecho, el mismo Las Casas revela que en los templos-escuelas de la provincia de la Verapaz (Guatemala): “los mozos mayores en aquel vicio (la sodomía) a los niños corrompían; y después salidos de allí mal acostumbrados, difícil era librarlos de aquel vicio”. En este caso puede suponerse que las relaciones homosexuales entre adolescentes se beneficiaron de cierta tolerancia, pero no es posible probar la institucionalización o la ritualización de estas prácticas.

Grupos sociales como los sacerdotes y los nobles fueron acusados de prácticas homosexuales. Mientras Bernal Díaz del Castillo declara que los sacerdotes de Cempoala se entregaban al “maldito oficio de sodomitas”, Alonso Zuazo describe “orgías homosexuales” perpetradas por los sacerdotes antes del sacrificio de víctimas humanas. Estas aseveraciones no parecen creíbles frente a los múltiples testimonios que subrayan la castidad de los sacerdotes en la época prehispánica.

Acerca de las costumbres sexuales de la nobleza, los datos son escasos y difíciles de interpretar. Por ejemplo, se dice que Nezahualpilli, rey de Tezcoco, “por natural razón y su buena inclinación aborrecía en gran manera el vicio nefando, y puesto que los demás caciques lo permitían, éste mandaba matar a los que lo cometían”. Este texto dejaría entrever cierta tolerancia de la nobleza tezcocana respecto a la homosexualidad. El fenómeno debió finalizar con las medidas de Nezahualpilli o aún antes, puesto que su predecesor Nezahualcóyotl hubiera ejecutado a su propio hijo “acusado del pecado nefando”. Ahora bien, los cronistas texcocacnos como Alva Ixtlixóchitl tuvieron la propensión de presentar a sus lectores retratos idealizados de sus antiguos soberanos. La lucha contra el “pecado nefando” formaría parte de una serie de medidas implementadas por estos reyes ilustrados que llegarían hasta la supuesta prohibición de los sacrificios humanos.

Un documento del siglo XVI menciona que “en México había hombres vestidos en hábitos de mujer y éstos eran sométicos y hacían los oficios de mujeres como tejer e hilar y algunos señores tenían uno o dos para sus vicios”. Bien documentados entre los indios del norte de México y de Norteamérica, los berdaches, es decir los travestis aceptados socialmente, existían en el centro de México. La descripción de hombres ataviados como mujeres que desfilaban junto con prostitutas durante una fiesta religiosa prehispánica en Tlaxcala refuerza esta hipótesis.

Uno de los primeros testimonios sobre hombres vestidos como mujeres se debe a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien describe en la región de Texas “hombres casados con otros y éstos son unos hombres amariconados, impotentes y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres”. Asimismo entre los indios de Sonora los españoles encontraron jóvenes ataviados como mujeres. Cuando un español amenazó con quemarlos, varias mujeres intervinieron para tomar valerosamente la defensa de los jóvenes travestis. Varios testimonios etnográficos confirman más de cuatro siglos después, la integración de travestis en las sociedades indígenas del norte de México y de Estados Unidos. Ahora bien, de manera general, la moral precolombina exaltaba la virilidad y reprobaba todas  las manifestaciones afeminadas. Varias fuentes presentan al travestismo como una práctica infamante e incluso mencionan leyes que lo condenaban.

 

Fuente: Arqueología Mexicana. VOL. XVIII – Núm. 104. Editorial Raíces. INAH. México


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